domingo, 1 de enero de 2017

Arte y vida. Ulay (Uwe Laysiepen) y Marina Abramovic

The first time, 1976

Un escenario, una estrella de sangre y ella. Solo ella, iluminada por los focos y desnuda, con una cuchilla en su mano. Me vi atrapado en ese instante.

Fui testigo de una de sus performances por primera vez. Había oído rumores sobre ella. Nunca la había visto hasta ese día. Tal vez debería haberla conocido antes. Tal vez ella fuese la estela de luz imperfecta que iluminara mi camino. Tal vez fuese el momento de convertirnos en uno. Nuestras miradas se cruzaron y la duda se tornó en certeza.
Marzo 2010

Maniquíes de carne y hueso reviven mis performances para esta retrospectiva única de mi obra. Dos de ellos han unido sus cabellos y se mantienen de espaldas al otro. Durante unos segundos aparece ante mí la imagen desdibujada de ese único hombre con el que fundí mi alma tiempo atrás.

Una modelo desnuda descansa bajo un esqueleto al que sacuden pequeños espasmos cada vez que ella inhala y exhala aire de sus pulmones. Más allá dos actores despojados de sus ropas bloquean una puerta para capturar la atención del visitante que intente cruzarla. Esa fue otra idea que tuvimos esa cabellera negra y yo para sorprender a nuestros espectadores, ahora me resulta extraño observar a otros imitarnos.

En las pantallas se proyectan videos de antiguas actuaciones y en las paredes cuelgan fotografías enmarcadas en blanco y negro de una artista que se asemeja mucho a mí, pero que ya no lo es.

Death self, 1977

Ella era serbia, yo alemán. Durante doce años fuimos un alma en dos cuerpos. Realizamos todas nuestras performances juntos. Vivimos durante cinco años en una furgoneta. Hicimos del arte nuestra vida y de la vida, nuestro arte.

Durante esa extraordinaria unión, respiramos el aire de nuestras bocas hasta la extinción del oxígeno en nuestros pulmones. Fue un beso eterno que aún perduraba en nuestros labios. Fue un beso de 17 minutos por el que ambos perdimos la conciencia al negarnos a respirar otro aire que no fuese el de la boca del otro. ¿Sería causa de nuestro final?

Marzo 2010

En el centro de una sala inmensa de paredes blancas han colocado una mesa de madera y dos sillas, una frente a la otra. Durante 716 horas, siete horas y media cada día, estaré sentada en una de ellas, sin teléfono, entablando una conversación muda con todo aquel que tome asiento en el otro hueco vacío y cruce su mirada conmigo durante unos minutos. Con este experimento espero transformar mi mente y mi cuerpo y no solo eso, quiero transmitírselo a mis espectadores.

Rest Energy ,1980

Sin mirar a los asistentes, sentía el miedo al peligro emanar de ellos. Algunos venían solo por curiosidad, otros nos creían valientes. Por unos minutos, incluso horas, eran partícipes de nuestra locura. En esta ocasión, volvíamos a ser solo ella y yo sobre una tarima.

El arco se tensó. Una flecha apuntaba a su corazón. Yo sostenía el extremo más alejado de la afilada punta de metal. Nuestras miradas, tirantes y nuestros cuerpos, echados hacia atrás. Camisas blancas y pantalón y falda negros. Sus ojos anclados en los míos, tal vez evaluándome. ¿Dejaría escapar la cuerda y la flecha entre mis dedos?

Marzo 2010

Mientras espero que otro desconocido tome asiento, cierro los ojos. Durante unos segundos solo veo puntos negros que bailan tras mis párpados y el ruido de una figura que se acerca, reclama mi atención. Alzo la vista y no puedo evitar un gesto de sorpresa al reconocer al hombre que ahí frente a mí. Esbozo una leve sonrisa y él mueve la cabeza en señal de reconocimiento. Suspira y sus ojos se clavan en los míos.

The Lovers:. The Great Wall Walk ,1988

Allí está ella. He recorrido la Gran Muralla China desde un extremo y ella ha venido hasta mí desde el opuesto. Tal vez no nos hayamos encontrado en la mitad exacta. Sin embargo, eso no importa. Nunca lo hará. Tan sólo este último abrazo. Un abrazo de despedida. Un abrazo que sabe a adiós y quizá sea solo un hasta pronto.

Marzo 2010

Mis ojos se inundan, al igual que los suyos. Han pasado 23 años y aún así, parece que solo hemos necesitado un instante para conectar de nuevo. En el reflejo de su mirada aparece una mujer de la que se despidió muchos años atrás tras recorrer una gran muralla en completa soledad. Extiendo mis manos hacia él, salvando la distancia que nos separa, y él las toma entre las suyas con una sonrisa. Cuando los aplausos se detienen, nuestros dedos se separan y nuestro reencuentro se convierte en una nueva despedida.

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